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日志


8月30日

Mi parroquia es más que mi parroquia



No, no es un trabalenguas. Los curas nos pensamos que la parroquia es básicamente un edificio con su templo, despachos, aulas y viviendas. Y además es un territorio que nos ha sido encomendado. Y a partir de ese momento la gran disculpa para todo es "me ha surgido una cosa en la parroquia".

Tengo raíces agustinianas. Que no sólo no escondo, sino que me siguen alimentando la fe y el ministerio pastoral. Y una de las cosas que más me han hecho meditar de la doctrina de San Agustín es cuando escribe en la regla: "De igual manera, nadie se procure nada para sí mismo, sino que todos vuestros trabajos se realicen para el bien común, con mayor dedicación y más asidua presteza que si cada uno los hiciese para sí. Porque la caridad, de la que está escrito que no busca lo propio (1 Cor, 13, 5), se entiende así: que antepone las cosas comunes a las propias, no las propias a las comunes. De aquí podréis comprobar que habéis progresado tanto más, cuanto con más empeño os ocupáis de lo común que de lo propio."

Traducido esto a la vida pastoral significa muchas cosas. Por ejemplo: que las cosas diocesanas, del arciprestazgo, de la zona, deberían ser más importantes que las de la parroquia de cada cual. Y que es una preciosa catequesis decir a los fieles: "hoy el párroco no está porque tiene retiro con los sacerdotes y su obispo", o decir: "con motivo de la misa de la patrona de la diócesis, este domingo por la tarde no se celebra misa en la parroquia para que todos podamos estar con el obispo".

Uno de los Vicarios Episcopales de Madrid con el que trabajé más de diez años, resaltaba esto mucho. Jamás hay contradicción entre parroquia y arciprestazco, vicaría o diócesis. Hay que cambiar la mentalidad. Y y acostumbrarnos a decir que la escuela de formación de la parroquia es en la parroquia vecina de tal; y que cuando el párroco está con el obispo, con los sacerdotes, en celebraciones más amplias, es cuando más está con la parroquia, porque está haciendo que todos vivian más y mejor el sentido de una iglesia universal.

Pobre cura que no sale de la parroquia. Pobres laicos que desprecian a los vecinos. Pobres fieles que no han prendido a salir de sí mismos y a disfrutar de la iglesia universal. Sí. Hay que cambiar la mentalidad. Pasar de ese "el cura no está en el despacho" a decir "el cura hoy está sirviendo a la parroquia, nos está sirviendo, en una celebración diocesana, en un encuentro de arciprestazgo, en unas jornadas de estudio con otros curas.

Y cuanto más estemos pendientes de luchar por lo común, cuanto más abiertos a la diócesis, cuanto más trabajemos por el arciprestazgo, la vicaría, la diócesis, la iglesia universal... más estaremos en la Verdad.

Y finalmente, un saludo a todos. El sábado me voy de vacaciones unos días. Intentaré deciros algo. A todos os llevo en el corazón.

8月24日

Humanos, muy humanos

Ni soy Supermán ni pretendo que lo sean mis feligreses. Soy humano, en lo mejor y peor de esa palabra. Y me dan miedo algunas cosas. Y me siento débil en casi todo. Y la lucha entre el debo y la realidad es constante.

Casi cada día me encuentro con los problemas de gente de carne y hueso. Con cosas muy sencillas y muy simples, pero que son las que le agobian a cada uno en su día a día. María me cuenta su profunda división interna con la que vive su matrimonio: un marido no creyente y que no entiende la doctrina de la iglesia. Y ella que se debate entre la fidelidad a Cristo y a la iglesia y la fidelidad a su marido. Y se rompe, y llora. Manuel me consulta sobre esos pagos que le llegan en dinero negro, y que él necesita porque para sus negocios, en su mundo, o hay "propinas" o no se consigue nada. Y si no hay trabajo hay despidos, porque todos acuden a los mismos métodos. Y su conciencia le urge entre ese dinero negro y la necesidad de mantener esos puestos de trabajo. Y no sabe cómo hacer.

Carlos y Mariluz me plantean su perplejidad ante la decisión de su hija, mayorcita, que hace unos meses se fue a vivir con su novio. Llevan ya tiempo juntos y se han venido a pasar unos días con ellos. No saben siquiera si ponerles una habitación para los dos. Y Jesús, con una madre que se está demenciando y duda entre la residencia y el esfuerzo de tenerla en casa con todo su cariño. Y el dolor de esa pareja que acaba de casarse por lo civil porque hubo un matrimonio previo por la iglesia que otra persona rompió y que saben que no pueden comulgar.

Hay una solución sencilla. Decir a María que permaneca fiel a la doctrina aunque le cueste la separación y que le diga a su marido que ya sabe sus creencias y que se aguante y la respete. Y a Manuel que dinero negro nada de nada, y que si se hunde la empresa se hundió y que sería voluntad de Dios. Y a Carlos y Mariluz que no consientan que sus hijos compartan lecho en su casa; y a Jesús que no se complique y busque lo más cómodo... y a los del matrimonio civil que ya saben las normas...

Lo que es cierto es que cada una de estas personas necesita sobre todo mucha escucha. Y a partir de ahí, sensibilidad, sentido común, madurez, y descubrir qué es lo mejor o lo menos malo en cada caso. He aprendido ante estos casos sangrantes a tratar de meterme en su problema. Y más que darles solución -hay cosas que tienen que decidir ellos mismos al final- acompañarles en su preocupación y darles pistas para una toma de decisiones madura y en conciencia como cristianos que son. Pero quiero sobre todo que cuando se vayan se lleven un poco de paz. Y poder decirles incluso: "Dios no te abandona, Dios sabe de tus agobios". Reza y pídele luz y fuerza.

Sí. Somos, hemos de ser humanos. Porque ser cristianos es ser hombres más hombres, más humanos, más serenos, más completos.

8月21日

Unas copas de cava guardadas casi un año

Hace ahora casi un año escribí una entrada que titulé "Las lágrimas de Jesús". Fue el 29 de septiembre y en aquella ocasión hablaba de la enfermedad que se había colado en casa de unos amigos, casi hermanos. Desde ese día hemos estado muy en contacto. Y a su lado he vivido los momentos más terribles: una peligrosa y complicada intervención, las interminables sesiones de quimioterapia, la angustia de cada analítica, los cansancios y el llanto de la impotencia.
La enfermedad se presenta cuando quiere. Pero no todos la saben vivir de la misma manera.
Quisiera decir algunas cosas de estos amigos, de su familia, de su gente, de todos los que les rodean.
Una primera palabra para sus hijos, que han sabido estar cada día al lado de su madre sin perder ni la serenidad ni la sonrisa, ni el optimismo. Que además han sabido inventar cada día ese detalle que hace sentirse feliz a quien está más cerca. Bien por ellos.
Otra palabra especialíisma para un marido capaz de estar donde hay que estar. En la salud y en la enfermedad, en las penas y alegrías, diciendo sí cada instante a la mujer con la que un día, libres los dos, decidieron ser un solo cuerpo.
Quiero decir todo de los amigos, que saben abrumar con su presencia discreta, disponible, cariñosa, respetuosa. Y dentro de estos amigos, tengo que emocionarme al descubrir a los hermanos de la parroquia que han dado, como suele decirse, el do de pecho.
Y también proclamar con fuerza el apoyo de esos curas de la parroquia que han sabido estar al lado de una feligresa constantemente. Con ella, con su esposo, con la familia y los amigos.
Hoy, cuando acaban de salir del médico y los pronósticos son muy favorables, he compartido mesa y mantel con los esposos. Radiantes porque empiezan a ver la luz.
Y, con toda sencillez me decían: "Hemos visto la mano de Dios en cada instante. El nos ha acompañado y ha ido marcando los caminos. Cada día hemos descubierto su presencia en mil signos. Y la parroquia, los curas, la gente... han sido todo para nosotros. En estos momentos también se descubre más lo que es la iglesia, la comunidad".
Hemos comido en mi pueblo. Y tras esa mesa compartida, tejida de sonrisas y recuerdos, hemos venido a mi casa para tomar una copa de cava.
Os tengo que contar un secreto. Unos días antes de la intervención me trajeron a la parroquia unas copas de cava que ellos me habían comprado con motivo de mis bodas de plata sacerdotales. En aquel momento tomé las copas y les hice una promesa: "Estrenaremos estas copas juntos para brindar por el éxito de la lucha contra la enfermedad."
Esta mañana han salido las copas de su caja de cartón. Las he fregado con mimo y he colocado en la nevera una botella de cava. Y esta tarde, en la serenidad de mi buhardilla, tres amigos han elevado sus copas por la salud, por la fe, por esa presencia de Dios que nos hizo amigos hace casi veinte años y que hoy nos mantiene en su servicio.
Por vosotros, amigos míos que lucháis contra la enfermedad. Por vosotros que en la salud y en la enfermedad tenéis a Dios como Padre y os sentís reconfortados por el Espíritu en el camino de Cristo. Por vosotros, que sabeís llorar de agradecimiento y que habéis aprendido a abandonar vuestra vida en las manos de Dios. Por vosotros, por mi, por todos los que queremos seguir cada día al Maestro... chin - chin! Y esas copas, guardadas casi un año, hoy han estallado cantando de alegría en un brindis único.
Ha sido un día delicioso.
 
8月16日

Religiosidad popular. Y no es ningún atraso.

 La situación de mi parroquia madrileña es peculiar. Un prefabricado y por supuesto sin vivienda. Cuando me nombraron párroco, propuse al Vicario de la zona y al Señor Cardenal la posibilidad de quedarme a vivir en mi pueblo -a 45 km. de la parroquia, media hora de coche- y atenderla así mientras conseguimos un centro parroquial definitivo. Les pareció una buena idea, y más teniendo en el pueblo a mi madre con sus noventa y tres años. Y así disfruto cada día de ciudad y de pueblo. Todo un lujo.
Ayer la fiesta grande del pueblo: Miraflores de la Sierra. Evidentemente no pude estar hasta la noche. Pero en la noche gocé un año más de la impresionante procesión por las calles del municipio con la imagen de la patrona, la Virgen de la Asunción.
He vivido intensamente la religiosidad popular en mi localidad de origen. Y la he vivido también y gozado en mis nueve años de párroco rural. Atendía entonces como párroco dos pueblos y ahí lo popular nos hacía vibrar cada instante. Es demasiado sencillo convertir la pastoral en sacar al Cristo y tener gente. Pero lo que sí es cierto es que la devoción popular ofrece una posibilidad nada despreciable de evangelizar y exponer cada día, sobre todo cada año, con motivo de las fiestas patronales, la verdad del Evangelio.
Recuerdo hoy con nostalgia y cariño la novena en honor de la Virgen del Espinar que celebré en Guadalix durante nueve años. La iglesia abarrotada cada noche. La devoción trayendo a todos a los pies de la Madre. Y una magnífica ocasión para que año tras año la Palabra resonara y la vida parroquial fuera tomando su auge. Bendita devoción a la Virgen que año tras año mantiene en la fe a su pueblo.
Anoche, en mi pueblo, en Miraflores, miles de personas acompañando a la Virgen. Silencio. Respeto. Hasta los feriantes apagan sus puestos y atracciones. Tras la Señora, media docena de sacerdotes caminan en silencio. Uno de ellos, un hijo del pueblo que delante de su imagen fue bautizado y hasta recibió la ordenación sacerdotal.
Todo es sencillo. Las palabras a veces sobran. Y al regresar al templo, una iglesia que rebosa fe y cariño, canta con fuerza el himno a su patrona: "Dios te salve, patrona del pueblo, Miraflores entero te aclama... Danos fuerza, Señora, en la vida, para no desviar el camino, que derecho nos lleve a tu Hijo, para siempre gozar de tu amor".
No puedo dejar de recordar ahora a Espinar, con su reciente tetraplejia, que ayer salió del hospital para ver a su Virgen, y a la que pude saludar y dar un beso de paisano y amigo. Qué alegría volver a verla después del gravísimo accidente que hoy la tiene en manos de Dios y de los suyos. Y también quiero agradecer a la Virgen el gozo de cenar con los compañeros al acabar la procesión. Un cura no es nada sin otros curas.
Y el himno hoy sigue resonando en mis oídos: "Eres Madre la rosa fragante, la más bella y de más fino aroma, eres Madre la blanca paloma, que hasta el cielo radiante subió..."
Mi Virgen ante la que recé desde crío. La que contempló mi bautismo. La que me vio ordenarme sacerdote. La que lloró conmigo cuando tuve que acompañar a la sepultura a mi padre y a mi hermano. Ayer volví a ponerme a sus pies. Y la emoción se hizo plegaria cantando con mis paisanos.
Y os lo quería contar.
 
 
8月14日

La tentación de echar el cierre

 

Un compañero me pregunta por la parroquia en estos días tontos de agosto. ¿Cuánta gente en misa estos días? Pues el sábado éramos trece, el domingo por la mañana como cincuenta… y a diario… ayer siete, algunos días sólo dos. Y una pregunta que muchos se hacen: ¿No merecería la pena cerrar la parroquia de lunes a viernes?

Voy a responder sólo con la tarde de ayer. Un lunes en medio del puente en el que más madrileños se van de la ciudad.

Interesante la charla con María Jesús. Como tantas veces, una familia aparentemente normal y feliz. Ella sabe de su infierno. Una relación de pareja que ya no existe, un coexistir con su marido sin más conversación que el silencio y las malas caras. Y así día tras día. Pasó por la parroquia, vio la puerta abierta y entró a charlar un rato. No tiene fácil solución su problema. Al menos hablamos y rezó un poco.

Agradable la visita de Juanjo, con un problema administrativo. Lo solucionamos en un minuto y ya me contó lo feliz que está con el nuevo trabajo de su hijo.

La tranquilidad también la rompe el correo electrónico. Estamos organizando un grupo de jóvenes y se van cruzando las informaciones con la idea de vernos en esta semana para poner bases que merezcan la pena.

Antes de misa se ha pasado por la sacristía Julián, todo disponibilidad, que hace el esfuerzo de acudir cada día a la parroquia para que no me sienta solo y para “hacer bulto” en misa… Así lo dice. Y le agradezco no sólo su presencia, sino ese entrar en la sacristía antes de la misa y ese pasar al acabar para decir “hasta mañana”.

Al acabar la misa han pasado dos religiosas para saludarme. Hemos comentado cuatro anécdotas y nos hemos reído juntos.

Gratísima visita la de los dos Alfredos, padre e hijo, que vienen a despedirse porque mañana se marchan a la playa quince días. El pequeño ha hecho la primera comunión este año y papá es un colaborador de primera.

Y cuando ya, pasadas las nueve de la noche, estamos pensando en echar el cierre, de repente aparecen Juan y Maruja, que pasaban por la calle y al ver abierto han decidido saludarnos. Acaban de llegar de pasar unos días fuera  y me ha hecho muchísima ilusión darles un abrazo.

Una tarde tonta de agosto… y lo que puede dar de sí.

Tengo por costumbre mantener abierta la parroquia y el despacho al menos unas horas cada día. Me basta con que al pasar por la calle la gente sepa que ahí estamos. Y no falla. “Pasaba por aquí, he visto que estabas, y he entrado a saludarte…” Y de paso saludan al Señor. No importa que Madrid esté vacío. No importa que sea lunes o domingo. Es indiferente martes o sábado.

Sus horas abierta, y un sacerdote a disposición. Y la gente va acudiendo.

Hace años, en una situación especial, yo me quejaba aun buen feligrés: “Qué tardes, nadie… ni una llamada de teléfono confundida, un aburrimiento, no sé si tiene sentido venir cada tarde.”

Me respondió: “Sí, tiene un sentido. Yo sé que si voy a la parroquia, tú estás.”

No lo he olvidado. Sea agosto o enero, abril o junio, sábado o domingo, lunes o jueves… hay que estar. Y no se pierde el tiempo.

 

8月8日

La capa magna del cardenal Cañizares

No, no es una película de época, sino una ordenación sacerdotal de hace apenas un mes.
¿Algún comentario?
 
Y si alguien quiere ver más fotos, ahí dejo un link: http://www.icrsp.com/Evenements-2007/ordinations-2007/Sacerdoce/index.htm
8月6日

El inquilino de la Petra

 Tengo una vecina muy especial, Felisa. Me acordaba de ella hace unos días, preparando la homilía del domingo. Seguro que recordamos el evangelio del día: 

Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre.

Decía yo a la gente que lo importante es saber lo que hay que pedir, sobre todo el Espíritu Santo, que Dios no niega a quien lo pide. Y aprender del Padre nuestro qué cosas hay que pedir, y cómo pedirlas: el perdón de los pecados, el pan de cada día, la llegada del Reino, que se haga la voluntad de Dios. Y también les hablaba, cómo no, de que cuando nos quejamos de que Dios no nos escucha es porque le pedimos cosas que tendríamos que ser capaces de solucionar nosotros solos, eso sí, poniéndonos en sus manos.

Y ahí me acordaba yo de Felisa. Vecina de toda la vida con sus espléndidos noventa y nueve años. Una tarde pasó a echar un rato con mi madre, que en estos días cumple sus noventa y tres. Y siempre surgen como tema de conversación esos cotilleos y comentarios inevitables. Decía Felisa a mi madre:

- Ya ves la Petra, que no hace más que rezar para que se le vaya ese inquilino que no le paga. Como si Dios no tuviera otra cosa que hacer que ocuparse del inquilino de la Petra. Que coja un abogado y que se gaste los cuartos como todo el mundo.

Me hizo gracia la reflexión y la he comentado algunas veces. Yo no quiero que la buena de la Petra -por cierto, mi catequista de cuando niño- deje de rezar. Pero sí que para algunas cosas entendamos que la oración sola no basta. Hay que rezar para que sepamos emprender el camino oportuno, para que las fuerzas no nos abandonen, para saber aceptar la voluntad de Dios. Orar sin descanso para que Dios ilumine cada paso en nuestra vida. Y luego, ir a los abogados, a los médicos, a los profesionales que nos sean necesarios. De lo contrario, la oración acaba convirtiéndose en el refugio del vago, que dice que Dios todo lo resuelve con tal de no mover un dedo. Como la oración del que te saluda y te dice: "Ya sé que tienes muchos problemas de dinero, y que no estáis bien de salud... Yo rezo mucho por vosotros". Pues además del rezo se agradecía alguna que otra cosa.

En la homilía hablaba de esta anécdota de Felisa. Y al acabar la celebración me entró un señor en la sacristía y me dijo: "Padre, me ha dado en el clavo. Un hijo mío ha tenido un problema jurídico serio. He rezado mucho. Y hemos buscado un abogado de solvencia. Todo se está solucionando".

Así es la oración. Lo que toda la vida se dijo de "a Dios rogando y con el mazo dando", o "trabaja como si todo dependiera de ti y reza como si todo dependiera de Dios". Pero lo que sí es cierto es que Dios tiene cosas mucho más importantes que hacer que arreglar lo del inquilino de la Petra. Aunque también lo haga.

 

8月2日

El cáliz de Don Claudio

 

Erase que se era, hace mucho, pero mucho tiempo, un sacerdote, Don Claudio se llamaba,  que ejercía su ministerio en un pueblo de la provincia de Badajoz, en España. Tanto, pero tanto tiempo, que hace más de cincuenta años que fue llamado a su lado por el Padre Dios.

Y al llegar su fallecimiento, sus sobrinos, a los que cuidó como un padre, ya que quedaron huérfanos muy pequeños, cumplieron la voluntad de su tío entregando sus ornamentos y vasos sagrados allá donde él dispuso. Apenas unas simples casullas y un precioso cáliz, regalo de su ordenación, que  hoy están en la parroquia de su pueblo. Y otro pequeño cáliz que fue a parar a la parroquia de su sobrina, en Madrid.

El cáliz de su ordenación, regalo de un prohombre de la zona, me han contado que se utiliza todavía alguna vez. Losa ornamentos deben estar en algún cajón perdido de una destartalada sacristía. Y el pequeño cáliz depositado en Madrid llevaba años olvidado en el último rincón. Esa pequeña copa., que un día contuvo la sangre de Cristo, con la que celebró la Eucaristía el bueno de Don Claudio tantas veces, llevaba años y años sin más razón de ser que acumular polvo y olvido, mezclados con un deterioro material evidente.

Y érase que se era, hace unas semanas, que una sobrina de Don Claudio contemplaba atónita en televisión la tristeza de otro sacerdote que, tragándose las lágrimas, contaba cómo habían profanado su iglesia y le habían robado todo, hasta el cáliz de sus bodas de plata. Y una luz se encendió más en su corazón que en su cabeza.  Fue a su parroquia, preguntó por el cáliz de su tío y lo tuvo claro.

Una llamada a la parroquia violentada:

-         “Padre, quiero hacerles un regalo. Un pequeño cáliz de mi tío sacerdote. ¿Lo acepta?

-         “No sólo lo acepto, lo considero el regalo más extraordinario por lo que es y por lo que representa”

A partir de ese momento el cáliz de Don Claudio abandonó el rincón olvidado del último armario parroquial y se encaminó pleno de satisfacción a un taller especializado que le hiciera recuperar su antiguo esplendor. Y del taller a las manos de su sobrina. Y de las manos de ella, a las de este servidor que tuvo por fin en sus manos más que un regalo, el testigo de un hermano en el sacerdocio que hoy me hacía llegar de alguna manera su espiritualidad y un testigo que me habla de fraternidad de dos presbíteros que hoy se sienten unidos, más allá de la barrera de la muerte, por la Eucaristía que celebran cada día.

Es triste que vasos sagrados, que un día contuvieron al mismo Señor,  hoy sean nada. Por eso, al recibir el cáliz de Don Claudio, hice una promesa a su sobrina: “Al menos un día por semana voy a celebrar misa con este cáliz. Y pediré por Don Claudio y por ustedes”. Ayer cumplí por primera vez esa promesa. Sobre el altar, un cáliz, pequeñito, radiante, recién restaurado, que un hermano sacerdote, hace más de cincuenta años, usó en sus viajes con el mimo de quien sabe lo que tiene entre manos.

Nadie lo vio. Pero les prometo que en el momento de la consagración otro sacerdote concelebraba conmigo. Que juntos pronunciamos esas palabras que siguen provocando un nudo en la garganta: “Tomad y comed… Tomad y bebed”. Que sentí su abrazo de paz. Y que no comulgó porque ya vive plenamente la comunión perfecta con Dios en el cielo.