Jorge's profileJorge. De profesión, cur...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
January 29 Que dejen predicar a la señora ManuelaJusto al revés. A Jesús sólo le comprendían los sencillos y los simples. Justo los listos, los preparados, los dirigentes eran los que se quedaban a dos velas. Sin embargo ahora hemos decidido que tan sólo los que llamamos “preparados” y “ministros” estamos capacitados para entender correctamente el evangelio. El próximo domingo leeremos las bienaventuranzas. Y uno no deja de preguntarse qué sabemos nosotros los curas y teólogos, los obispos y exegetas, de cosas como hambre y sed, llanto y lágrimas, sufrimiento, humildad por obligación porque te hacen sentir nada, de persecución y miedo. Realmente nada a no ser imaginaciones o realidades “de espíritu” que al final sirven de poco. Diremos a nuestra gente que los pobres, los misericordiosos, los perseguidos son los preferidos de Dios. También quizá creeremos que nosotros, curas, somos un poco elegidos y vivimos más cerca de la realidad divina. Y, mientras, la gente, los que viven cada día, los que tienen sus padres mayores o un niño con discapacidad, los que andan justos con la hipoteca, los que nunca supieron de disfrutar y llevan toda la vida entre lágrimas… ¿Cómo lo entenderán? ¿Tendrán mi mismo punto de vista? En estas ocasiones uno tiene la tentación de decir al más simple, al que sufre, al enfermo, a la señora abandonada, al padre separado, a la madre con dos hijos enganchados en la droga, al inmigrante que anda peleando por papeles y come como puede… que suban al ambón y prediquen. Y yo quedarme escuchando para aprender qué es el sufrimiento y cómo los hombres experimentan el consuelo de Dios o muchas veces el silencio de Dios en el silencio de todos nosotros. No voy a hacerlo porque no puedo. Está prohibido. Ellos podrían decir alguna barbaridad. Yo, que no sé que es la precariedad, que como bien cada día, que vivo sin problemas especiales, pero que aguanté horas de clase, sí conozco qué es eso de ser bienaventurados. Me gustaría el domingo que predicara la señora María, que viuda desde joven sacó adelante a seis chicos aún a costa de no comer y de matarse a trabajar. O Marilyn, inmigrante, rompiéndose la vida como inmigrante ilegal. O Juan, liberado tras ver morir a sus dos hijos por la droga y el sida. Y que me dijeran cómo entienden ellos el Reino de Dios.
January 24 Secularizaciones de los 70. No fue el ConcilioQue los años setenta fueron años de gran número de secularizaciones, nadie lo duda. Eran mis años de seminarista. Cada verano, al regresar al convento, nuevas ausencias. Religiosos y religiosas, sacerdotes. Era como una estampida que aún hoy nos sigue removiendo en lo más hondo. El dato es el dato. Y los datos son tercos.
Otra cosa es interpretarlos. ¿Por qué pasó todo aquello? Hay una respuesta muy extendida. El Concilio, y una incorrecta aplicación de sus decretos, llevaron a una situación tal que muchos perdieron el norte y optaron por marchar. Es decir, secularizaciones fruto del desmadre y las imprudencias de la época. Creo que hay su parte de razón. Pero yo apuntaría también a otras causas que pienso tuvieron mucho que ver.
El Concilio Vaticano II no fue en absoluto un concilio dogmático, sino pastoral. Y las cosas que cambió, sin duda, fueron cosas de puro derecho positivo y que no afectaban a lo fundamental de la fe cristiana. Es decir, nadie cambió los diez mandamientos; el credo siguió siendo el mismo, los sacramentos siete, nadie se cargó el papado y seguimos teniendo obispos. El mandamiento del amor que yo sepa no fue abolido. Y sin embargo, y no niego los abusos, los hábitos se fueron colgando y en muchos casos con ellos se colgó toda una vida.
Yo me he hecho una pregunta. ¿Cómo se formó y educó a los religiosos y sacerdotes en los años 50 y 60 para que esa educación se derrumbara casi completamente en el post-concilio? Algo falló de forma estrepitosa. Miedo me da pensar que la fuerza de su vocación se hiciera depender de lo externo como hábito o sotana, lengua litúrgica, formas clásicas de piedad o bien de una obediencia ciega que tampoco tenía mucho sentido. Las grandes secularizaciones hablan de un post-concilio tormentoso –normal, siempre pasa- y también de una educación que no se hacía idea de los enormes cambios culturales y sociales que estábamos a punto de experimentar. Y a muchos les pudo. Nuestra sociedad española, tan serena y controlada de los 60, dio paso en los 70 a un nuevo mundo que nos pilló de sorpresa. La crisis, total. Los valores desmoronados. Había mucho que digerir y no todos los estómagos estaban preparados.
Además añado una reflexión. Algunos fuimos educados en pleno post-concilio, y todos aquellos experimentos los vivimos en propia carne. Curiosamente, las secularizaciones de religiosos y sacerdotes formados en aquella época son muy pocas. Luego no tanto fue ese supuesto “desmadre” postconciliar –y no lo niego- como una educación no siempre acertada como tendremos que aceptar.
Hubo que resituarse. Ser curas y religiosos en un mundo secularizado. Descubrir que ya no éramos el ombligo del mundo, que las normas morales, tan defendidas por el poder civil, eran puestas en tela de juicio en muchos casos. Que esa sociedad protectora de la fe se volvía en contra. Y hubo gente que comenzó a reflexionar sobre una vocación que le llegó sin saber bien como, desde ese seminario menor o colegio apostólico a donde fue a estudiar y de donde prácticamente no había salido, hasta encontrarse como profeso perpetuo o sacerdote. Y descubrió que no lo eligió en su momento. Que fue un dejarse llevar. Algún sacerdote experto en derecho canónico me decía que cuántas de esas ordenaciones podrían haber sido nulas por falta de capacidad de discreción del sujeto.
Se juntaron muchas cosas. Una formación en una burbuja que desembocó en un mundo hostil. Un post-concilio que nos obligó a repensar mil cosas. Y muchos acabaron dejando todo. No es para extrañarse.
Y sin embargo ya ven, tantos educados por esa gente, en esa época, con el Vaticano II casi como fundamento de la vida, que nos costó ser los conejillos de indias de aquella iglesia que buscaba reencontrarse a sí misma, y aquí estamos. Una cosa nos dijeron: que lo fundamental era creer en Cristo resucitado, en su redención y en su vida. Y que lo otro era menos importante. Y eso es lo que hoy nos sostiene. January 19 Teófilo: amigo de DiosMirando fotos me he vuelto a encontrar con su sonrisa. Han pasado treinta años. Y él lleva veinte en el cielo. Pero no voy a olvidar su enseñanza. Quiero hablaros de un padre agustino, maestro de generaciones, hombre de Dios, sabio a lo divino, humano justamente por casi divino. Los que hemos vivido sus clases y sus consejos, sabemos que tuvimos la cercanía de un ser excepcional. Delgado, enjuto. Un hábito negro y el manteo que protege del frío en los claustros del Monasterio del Escorial. La sonrisa permanente, apenas dibujada. Su puesto en el coro alto. Y los tiempos de oración vividos con la serenidad de quien se ha introducido hace tiempo en la contemplación del misterio. No le recuerdo imponiendo ni regañando. Sólo proponía el misterio de Dios con frases originales y rotundas: “Dios: tremendamente tremendo”; “Desde antes de crear el mundo ya pensó en ti y te amaba, te ama... siempre”. Humano, sensible, capaz de entrar en el corazón de aquellos novicios que fuimos nosotros: - ¿Dónde están los novicios? - En la ventana, hay una excursión de un colegio - ¿Miráis a las chicas? - Sí, padre - Son hermosas, son criatura de Dios, es normal que os guste mirarlas, tenéis que dar gracias a Dios por sus obras, también por las chicas.
Confesor de todos nosotros. Capaz de acompañar, consolar, sonreír, hacer las cosas fáciles en esos tiempos de discernimiento y preocupaciones: - Padre, ¿tendré vocación? ¿Eso cómo se sabe? - No es fácil. Me moriré sin saber si Dios quería para mí ser agustino o tal vez otra cosa. - ¿Y entonces? - Tú sé feliz, goza, vive, reza. Y si te encuentras bien esto es lo que Dios quiere de ti. ¿Eres feliz? ¿Estás alegre? - Sí, padre. - Pues disfrútalo y no te preocupes de más.
Humano. Hasta la sencillez más absoluta. Capaz de saltarse una norma para provocar una sonrisa. Recuerdo su dirección espiritual en su habitación. Y su humanidad que estaba atenta a cada detalle: - ¿Fumas? - Sí, padre. - Supongo que el P. Maestro os dará poco tabaco, que no te llegará - No, padre, es poco - Te voy a dar yo algún cigarro, no se lo digas, para que esta noche te puedas fumar uno más
Todo era sencillo. Mirarle en oración hacía que rezar fuera más fácil. Su sonrisa apagaba cualquier temor. Sus clases, modelo de anuncio del amor de Dios. La confesión con él, una experiencia de gozo. Yo, de mayor, quisiera ser como él.
Me falta un nombre: hablo del P. Teófilo Prieto. Teófilo, amigo de Dios. Y su nombre supo definir cada día lo que fue su vida. Bendito sea Dios que nos lo hizo conocer.
January 17 La utilidad de lo inútilGanas de perder el tiempo. Con lo bien que se está en mi casa y casi cada día me vengo a pasar la mañana en la parroquia. Y claro, como mi casa está a 45 km, pues pasar aquí la mañana significa comer en un bar o donde se pueda y ya quedarme el día entero sin más lugar que un despacho donde estar y trabajar. Y encima hay días que apenas viene nadie. Tiempo inútil. Pues no, no es tiempo inútil. Me basta que la gente al pasar por la calle vea que las verjas están abiertas. No me importa que entren o que dejen de entrar. La puerta, abierta. Y saben que ahí dentro está el Señor y está el párroco por si alguien quiere algo. Alguna vez observo desde el despacho que alguien entra y reza. También entran a saludarme, a charlar, a confesarse, a un desahogo cuando no se tiene a dónde ir. Se pasa por la calle y como está abierto pues...
También puede parecer inútil que los jueves, al acabar la misa, deje el Santísimo expuesto durante una hora. ¿Viene gente? Sí. ¿Cuántos? ¡Qué mas da! ¿Y si no viene nadie? Estoy yo, esta Él. Estamos. Y basta.
La iglesia, abierta todo lo que se pueda. Para muchos una tontería, y poco rentable. Pero yo sé, porque me lo han dicho, que más de uno desde su casa, ha tenido momentos malos y le ha bastado asomarse por la ventana y ver encendida la luz. Y sé, porque uno se entera de todo o de casi todo, que para muchos ver el templo abierto es un estímulo y un recuerdo de que aquí estamos, con el Señor de la mano, haciendo parroquia, dejando que El impregne cada rinconcito del barrio y cada corazón ansioso de vida.
Estoy ahora mismo en el despacho. Llevo dos llamadas y acabo de ver a alguien que entra, se arrodilla y reza. ¿Tiempo inútil?. Tiempor que queda abiero para el encuentro de Dios y el hombre. Si pasas por la puerta, entra. Dios te espera. Y tu cura agradece un saludo. January 15 Plaga de teologuillosPregunten de religión, pregunten. Aquí el más tonto es teólogo. Se puede mirar en primer lugar la multitud de revistas, pseudorevistas, folletos, publicaciones… que muestrn las opiniones más diversas firmadas por unos supuestos teólogos que vaya usted a saber. Unos son “teólogos” que podemos llamar de izquierdas. Y lo mismo hablan de María Magdalena como primera papisa, de un Jesús gurú en Cachemira o del sí al aborto según san Juan Crisóstomo. Y firman los artículos. Y debajo, pásmense- un apelativo: teólogo. Y también proliferan los teologuillos de la ultraderecha más rancia que después de haber leído dos libros malamente, y sin entender mucho, y después de alimentar su formación en vaya usted a saber qué panfletos o ensoñaciones se lanzan a la pluma para defender lo que no entienden y proclamar la bondad de la iglesia de antes, eso sí, sin datar lo más mínimo la palabra “antes”, aunque todos sabemos que ese “antes” es siempre Trento. Coño, ¿y lo de antes de Trento no existía? Las bobadas, de derecha o izquierda, son infinitas. Y se libran porque aquí carecemos de cualquier nomenclator de teólogos de verdad. Y todo el que ha asisatido a un cursillo sobre “Tiza y eucaristía” o “Jesús y la espiritualidad hinduista en el Tibet”, o “La misa de hoy, aberración evangélica” ya se autodenomina teólogo y suelta todas las inconveniencias que se le ocurran. Me he cansado. Y he decidido que si alguien quiere ser llamado teólogo tiene que ser licenciado en teología y punto, y por alguna universidad oficialmente reconocida. Vamos a ver, D. Fulano Pérez Mengánez, que firma como teólogo, ¿en qué universidad obtuvo su licenciatura? La Gregoriana de Roma, San Dámaso, Salamanca, Comillas, Friburgo…? No... hice dos cursos en la escuela de iniciación a la Biblia de mi parroquia… Pues nada, entonces firme como D. Fulano, aficionadillo... y ya. Pero de intrusismo profesional nada. Hombre, ¿se imaginan ustedes a un señor que firma como arquitecto por haber visto dos exposiciones de Le Corbusier? ¿O un supuesto médico que firma como tal por haber completado los fascículos de “Medicina al alcance de profanos”? Se le echan encima todos y se entera. Por supuesto que aquí puede opinar todo el mundo. Y asumir sus propias tonterías, que se suelen leer bastantes. Pero yo soy claro. Leer, pensar, y releer, las cosas que escriben teólogos de título. ¿Qué también dicen tonterías? Pues sí. Y los obispos las dicen y me aguanto. Y el cura de al lado, y los políticos. Pero yo quiero tonterías al menos avaladas por unos años de estudio –cinco de teología básica, examen de bachillerato en teología, dos años de especialidad y tesina de licenciatura) y a partir de ahí serán bobadas menos bobas. He dicho. Y lo firmo yo, Jorge. Teólogo. Con mi licenciatura en el bolsillo. Y que digo bobadas, lo sé, pero a lo mejor no tantas.
January 12 Estoy hasta el moño de la gente buenaEl argumento de la incoherencia es un arma dialéctica arrojadiza y demasiado peligrosa. Aparece alguien hablando de cercanía con los pobres y ya está, argumento tumbativo: los que hablan de los pobres viven como ricos. Más aún, “algunos viven como ricos a costa de hablar de los pobres”.
Es decir, que hay gente incoherente. Claro. Todos, empezando por el Papa de Roma. Pero según ese argumento nadie puede hablar de lo que no vive en perfección. Así que a callar todos. ¿O acaso alguien es perfecto en todos los campos? Que avise y le pongo un nicho en cuanto tenga una iglesia nueva.
Yo soy pecador. Y aunque la caridad no la vivo como Cristo me pide, pues hablo de la caridad. Me falta fe, pero la predico y animo a creer. Soy comodón para algunas cosas, pero hablo de disponibilidad. Y no sigo enumerando mis limitaciones que esas la saben mi confesor y Dios. Pero eso sí, ¿sigo predicando y celebrando o mejor no ya que no soy perfecto?
Estoy harto de perfectos, de sabios, de coherentes y de claros de ideas. Estoy hasta las narices de la gente que tiene la verdad en posesión absoluta. Hasta el moño de los que han descubierto que “su camino”, “su itinerario”, “su comunidad” son el evangelio con patas.
Yo soy un pecador. Con más fallos que el AVE a Barcelona. Tengo en mi vida personal más grietas que el barrio del Carmel. Más negrura que la que aparece en Gerencia de Urbanismo de Madrid. Y como pecador, caigo, me levanto, fallo y aún así cada día celebro la Eucaristía no como privilegio por ser bueno, sino como gracia del Señor a un pobre pecador para él y su comunidad.
Menos mal que nos queda en la iglesia gente buena. Gente que jamás tuvo una duda de fe. Gente que no sabe lo que es apartarse un milímetro de la doctrina de la Iglesia –sabrán ellos qué es eso-, gente que es perfecta en el sexo, el dinero, la sinceridad, la familia, la vida y la muerte, la generosidad con el pobre, la obediencia y la caridad. Gente que justo por eso es capaz cada día de denunciar, condenar, exhortar, y convertirse en garante de la verdad de fe que un servidor debe estar cargándose desde que es cura hace casi treinta años.
Lejos de mí tanta perfección que agobia. Un servidor, de profesión cura y pecador. Que vive de pura misericordia, y que cada día entra en su iglesia y se dirige al Señor diciendo: “aquí está esta calamidad de párroco, ten misericordia de mí”.
Perfectos, seguro que encontrarán curas santos de verdad. Curas de negro riguroso, que jamás dudaron, jamás quisieron, jamás se permitieron una sonrisa frívola. Curas que olvidaron que eran personas para ser papagayos de cosas aprendidas y repetidas. Curas que saben estar en su parroquia, cerca de todos pero sin contaminarse de nada. Curas que arrinconaron en el último rincón de su vida la sensibilidad, el amor, el afecto por los otros, la amistad que emociona y grita.
Yo soy un cura distinto. Humano. Débil y pecador. Y hasta posiblemente causante junto con más curas como yo del hundimiento de la iglesia universal. ¿Por qué no? No voy a discutir por ello. Pero no renuncio a ser humano, sensible, débil. No renuncio a reír y llorar. Quiero ser un ser humano, que cada día se levanta, pone su corazón en Dios y su mirada en la gente y que intenta, porque quizá no sabe otra cosa, que los hombres lleguen a captar la benevolencia de Dios.
January 08 Jesús no nació en BilbaoHace unos días hablaba con un buen amigo y feligrés. Creyente, practicante, casado, hijos, miembro de la Obra (Opus Dei) y catedrático de historia. Es decir, no un cualquiera. Y le pregunté por la historicidad de los evangelios de la infancia. Le decía: - A ver, como creyente y como historiador. ¿Qué datos de los recogidos en los evangelios de la infancia –narración del nacimiento e infancia de Cristo- los das como buenos como dato histórico real? Me dijo: - Lo único cierto es que por la fe sabemos que el Hijo de Dios se encarnó de María la Virgen por nuestra salvación. Con los métodos estrictamente históricos lo más que logramos de esos relatos son aproximaciones. Y no busquemos otra cosa.
En los días de la Navidad salen por todas partes estudios más o menos serios –generalmente menos- que se cuestionan mil cosas. Desde el lugar físico del nacimiento de Jesús ¿Belén, Nazaret? Hasta la fecha exacta que vaya usted a saber. Y me llama la atención las peleas que se forman por cosas que ni hay forma de demostrar ni importa demasiado. Importa lo que el día primero de año, Santa María Madre de Dios, se escuchaba en la segunda lectura: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: "¡Abba!" (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”
A partir de ahí otras cuestiones son menos importantes. Yo desde luego no me pego por Nazaret o Belén. Me importa un bledo si en el portal hay estrellas, sol y luna. Y tampoco tengo nada que objetar a que la Virgen se esté peinando entre cortina y cortina o que hacia Belén vaya la burra cargada de chocolate. No seré quien discuta por buey o mula, diciembre o marzo, invierno o verano. Ya sabemos que Jesús no nació el año cero de nuestra era, sino entre el cuatro y el siete antes de Cristo, que ya es paradoja. Y la estrella de los magos es una estrella bien curiosa que anda, deja de andar, se para cuando se llega a Herodes y luego otra vez de marcha hasta llegar a la casa donde estaban María y el niño. Por cierto, ¿dónde se había metido san José?
Ganas de pelear por cosas que ni tiene importancia ni son la clave de la fe. Y seguro que alguno ya estará diciendo que con estos planteamientos estoy fuera de la fe de la iglesia. Pues si estar en comunión con la iglesia depende de pueblo arriba pueblo abajo apañados estamos.
Yo creo en el Hijo de Dios encarnado en María la Virgen por nosotros y por nuestra salvación. ¿Se entiende? Y tan humilde que pudiendo nacer en Bilbao fue a nacer en Palestina. Y perdón por la broma.
January 02 Al cielo iremos los de siempreCon esa frase ilustraba el genial Mingote uno de sus chistes en los años del concilio. Y pidiéndole su gracia benevolente, que de eso tiene a raudales el genial Mingote, hago mía esta frase en esta tonta tarde de año recién estrenado. Caramba con la novedades de cada cual. A mí alguna vez me preguntan cómo fue mi conversión. Y cómo se me apareció el Señor invitándome a ser sacerdote. Me piden que les cuente cómo resolví mis años de sequía espiritual y cuándo me di cuenta de que Dios era mi padre. Otros me dicen que lo importante es llegar a reconocer que a Dios hay que testimoniarlo en la vida. También me dicen que qué siento al celebrar misa. Debo ser más raro que un perro azul marino. Porque es que a mí nunca me han pasado cosas raras. Que yo recuerde, llevo yendo a misa los domingos desde mi uso de razón, que se ponía en los siete años. No recuerdo haber faltado nunca a la misa dominical desde entonces. No sé lo que es pasar una crisis de fe. Ni necesité especiales caídas de caballo para marcharme al convento. Y sentir, lo que se dice sentir al decir misa, pues la verdad es que nada. Un día lo explicaré. En mi casa se ha ido a misa cada domingo y mi madre ha rezado el rosario cada día. Mis hermanos son de misa dominical, de confesarse de vez en cuando y comulgar con frecuencia. Colaboran económicamente con la iglesia y la respetan y aman de corazón. He ido casando por la iglesia a los sobrinos y bautizando a los chiquitines que nos llegan. Yo no recuerdo sin embargo que en casa se asistiera a ningún grupo o movimiento especial. Mi madre a las Hijas de María -ha llovido- y luego mis padres sí hicieron su cursillo de cristiandad. Mis hermanos y yo a la catequesis de la parroquia. ¿Resultado? Gente buena sin más, cristianos sin apellido, creyentes firmes que cada domingo van a misa, que colaboran con su iglesia, que se confiesan de vez en cuando, que se casaron por la iglesia y sus hijos han sido bautizados y han hecho la primera comunión, que a su vez se casaron también por la iglesia y ahora se empieza a bautizar a los nietos. Y creen que Dios es su Padre. Y que Cristo ha resucitado, y que hay que cumplir los mandamientos. Y que pecan como todo hijo de vecino. Pues como mis hermanos, hay miles en cada parroquia. Ahora eso sí, aburridísimos. Ni conversiones espectaculares, ni caídas del caballo, ni lágrimas porque han conocido que Dios está vivo, ni un mal movimiento que llevarse al corazón ni un mal grupo al que pertenecer. Ahora estoy en la parroquia. En un rato celebraré la Eucaristía. Y vendrán los de siempre. Los de la misa diaria de toda la vida. Las señoras que saben rezar y saludarse con cariño. Algún hombre que pasa por aquí sacando un ratillo de su vida. Un cura tan vulgar que nunca ha tenido ni crisis ni conversiones ni nada de nada. Pues somos iglesia también. Yo desconfío de los cristianos de conversiones espectaculares. He conocido a muchos que tan espectacular fue su conversión como su hasta siempre. Me quedo con las cosas de cada día. No son espectaculares, no llaman la atención, no salen en la prensa, pero, como en los anuncios de aquellas pilas, duran, y duran, y duran...
|
|
|